Puestos a relativizar, el otro día comentaba con mi padre el poco tiempo que existimos como humanos. Toda nuestra historia, la humanidad, en realidad no son más que los primeros pasitos. ¿Serán los últimos?
¿Cuándo se completó el primer mapamundi? ¡Acabamos de descubrir las dimensiones del lugar en el que nos ha tocado vivir! Y no hemos parado de saturarlo, con los problemas que eso genera... ¿cuál es el cupo de habitantes de la tierra? Podremos producir tanto de todo (y tan innecesario) para semejante número de personas, sin que el planeta explote? ¿cómo convenceremos al mundo de que toca producir menos, en un escenario político de incapacidad consensual? ¿Cómo convencer a una economía libre y global de que hemos llegado al límite? ¿Pueden los mercados entender un costraint natural? Y nosotros mismos, los humanos, a quién escogeremos... ¿mercados o humanidad? O regulamos la situación, o la única alternativa será una gran guerra: millones de muertos, territorios devastados y un verdadero punto y aparte. Creo que los Norcoreanos tienen una tesis al respecto, guardada bajo la almohada de Pyonyang...
En el poco tiempo que llevamos en la tierra hemos evolucionado mucho. Hay que darse cuenta de que hace tan sólo 520 años que se descubrió América y 43 desde que el hombre llegó a la luna (o no). España está en su décima legislatura de la democracia y en algunos países se empieza a hablar de igualdad entre hombres y mujeres. Y al hilo de lo que venía hablando, quiero poner un ejemplo comparativo a la situación que estamos viviendo: la peste.
La peste es la enfermedad que más ha matado, más de 200 millones de personas. Ha habido muchas pandemias, muchas crísis. Se calcula que entre un tercio y la mitad de la población europea murió a consecuencia de dicha enfermedad, pero tuvo repercusiones muy positivas también, como la desaparición del feudalismo, el Renacimiento o las mejoras sanitarias.
La tercera gran pandemia de peste se originó en China en 1855 y desde allí se diseminó por todo el mundo hasta el año 1918. Pero para esas fechas, se había hecho ya un buen trabajo para evitar nuevos brotes, sobre todo, por el triunfo del inodoro y los sistemas de drenaje.
John Harrington fue el inventor del water closet. Allá por el siglo XVI, inventó el primer modelo en Inglaterra, en el año 1589, para la reina Isabel I, aunque se negó la patente por una "cuestión de decoro". Sin embargo, durante cientos de años, en las ciudades las personas hacían sus necesidades en orinales y lanzaban los desechos por la ventana, previo grito de "agua va!"
(y ahí el origen del grito de agua entre los trileros para avisar de la presencia de policía en la zona)
*. ¿Agua? Y lo que no era agua! Se dice que la gente se burló de John Harrington por su invento, incluso fue expulsado de Inglaterra por una sátira que escribió al respecto. Quizás si se le hubiera tomado un poco más en serio, la peste podría haberse evitado antes.

John Harrington

Primer boceto del water closet de J. Harrington
Así que a partir de ahora llamaré John a mi amigo siempre que le visite: John-Roca.
¿Será el protocolo de Kioto boceto del inodoro que necesita nuestro modelo económico?